Por: Myrtha Olivares

Se entra y filtra el frío por la ventana, Ya estamos entrando al Océano Atlántico y hasta el cielo se ve diferente. Aún quedan seis horas de viaje. Me azota y me detengo en el oleaje de nubes. No se distingue ya entre lo que es mar, aire, nube, cielo.

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Me tomo a sorbos un café, con dos copitas de leche y dos sobrecitos de azúcar. La azafata alemana, con simpatía, me preguntó si quería dos. Me da pena haber dejado Milano, pero son tantos los momentos hermosos, que no me voy vacía. Me voy con la mirada de los pasantes, con el abrazo de los cercanos, con las risas, las bailadas hasta el amanecer, las aventuras, los paisajes que se han quedado como estampas. Cuando uno parte deja pedazos incrustados en las calles, los letreros, hasta en las aceras. En la gente que pasa y en la gente que queda. A decir, también se van pegando otros tantos que uno se lleva, apretaditos al pecho.

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Cuando miro por la ventanilla de repente recuerdo aquella mujer en Verona que me decía que tuviera siempre las alas altas y me dejara volar. Tuve mis momentos de sombra, de soledad, de inquietud, de incertidumbre. Bendecir la idea, sin parecer idolatría, de que el tiempo nos cambia o nosotros cambiamos con el tiempo, de lo contrario, seríamos seres inertes, sin movimiento, estáticos, y eso sería alguna forma de muerte. Y no confundo esto con el estar en silencio que es una de las grandes dichas y placeres de la vida, como el vino, el mar, una librería, un buen libro, un beso, contemplar la luna, sentarse en algún balcón en la noche a la interperie del cielo con estrellas, o esto, viajar, viajar en todas sus formas.

Fue necesario hacer el acto de despedida. Me fui como vine, con un saludo al  Duomo y su plaza, pero a diferencia de cuando llegué, ya no estaba todo alumbrada, en pleno engranaje de la gente caminando, los tramos como locomotoras antiguas. Siempre me pareció una de las cosas más lindas, junto con las zonas del Navigli, y cada vez que escuchaba el asopao y la amalgama de lenguas distintas chocando unas entre otras, tratando solaparse, amigarse entre sí. Los pájaros o mejor dicho las palomas hicieron todo un baile en círculos por el aire a la primera luz de la mañana, una poesía de los instantes que no nos podemos impedir de respirar. Pensar que hace seis meses venía con mis maletas, la misma chaqueta y los mismos espejuelos, pero que ahora se devuelve todo cambiado por dentro, una mirada más abarcadora del alrededor y en relación con los otros. Qué más, si me trajo también la primavera florecida, llena de luz y de la brisa del Caribe. Alrededor las cosas cobran un poco más de sentido. Ya me tocarán los regresos.img_5190