Por: María de Lourdes Vaello

Nueva York ha sido cuna de utopías por décadas. Aún lo es. Quizás por la noción de las promesas de prosperidad, del estrellato. O quizás de la tibia sensación triunfal que evoca saber que se vive en una de las ciudades más codiciadas del mundo, así sea en un apartamento tamaño caja de zapato. Sea cual sea el eje de inspiración para dejarlo todo atrás y mudarse a una ciudad bulliciosa, contaminada y voraz, muchos opinan que Nueva York es la mejor ciudad del mundo.

Nueva York son hileras de torres de concreto, de adoquines, de bodegas, mercados, cachivaches, de ruido, tiendas, todo entre una orquesta de idiomas y dialectos. Quizás de ahí yace su encanto. En su eclecticismo, en la filosofía de que Nueva York “tiene algo para todos”. Y aciertan. A la isla de Manhattan le plagan sus museos, restaurantes, puentes, bares, y sobre todo, barrios, aquellas áreas donde conviven comunidades unidas por la misma idiosincrasia. A lo largo del siglo XX se comenzaron a forjar sólidas poblaciones multinacionales que hicieron de Manhattan su eje de expansión y lograron crear lo que hoy en día se conoce como Little Italy, Chinatown y Spanish Harlem. El transcurso del tiempo provocó varios cambios a las mencionadas comunidades, como lo fue el traslado de la población latina de Harlem al extremo norte de Manhattan (ahora conocido como Washington Heights) o que la población china creciera tanto que acaparara Little Italy casi en su totalidad. No obstante, los cambios que Nueva York ha subsistido, ha hecho que la ciudad continúe y fortalezca su reputación de crisol. De fusiones culturales que viven entrelazadas y difuminan las líneas que las definen.

A la isla le abrazan otros pedazos de tierra donde los precios de alquiler aún no alcanzan niveles estratosféricos, aunque algunos sectores están exentos de esa descripción por conceptos de gentrificación como lo son Williamsburg y Fort Greene, en Brooklyn. Bronx, Queens y Staten Island juntas forman las tierras que comparten el nombre del New York City Area. Y aunque estas apenas aparecen plasmadas ante la palestra pública, todo neoyorquino coincidirá en el mismo planteamiento: son de los distritos más asequibles para vivir.

En fin, Nueva York es una ciudad que convergen sentimientos encontrados. Por un lado es hostil, excesivamente cara, apresurada y a veces distante. Puede ser sucia y el frío entumecido del invierno fractura cualquier pensamiento agradable del trópico. No obstante, muchos argumentarán que es el mejor lugar para vivir. Que la felicidad se encuentra en cada paso, en cada pestañeo. En el arte callejero, en los vendedores de hot dogs, en el reconocido Parque Central, punto de rodaje de tantas películas de renombre y al cual le circundan iconos de la cultura neoyorquina, como el Museo de Arte Metropolitano y el Museo de Historia Natural. En las luces de Times Square, en el virtuoso talento que invade los trenes para ganar capital, en las excéntricas vestimentas que decoran los cuerpos de sus habitantes, en la magia de la gente y la complejidad de su existencia. Nueva York, dirán tantos, es y seguirá siendo todo eso -y mucho más-. Eso. Una ciudad de crisoles.