“Luli, ese país está en estado de guerra civil. Tienes que tener mucho cuidado”. Con una voz trémula, mi padre articuló esas palabras cuando le confesé que había comprado un pasaje para Ciudad de México con el fin de asistir a un concierto. Retrasé el anuncio hasta tres días antes del vuelo precisamente para evitar la apabulladora reacción que me aguardaba, pero callarlo no resultaría en nada positivo por lo que me armé de valor y le expliqué que el viaje, además de ser sufragado por mí en su totalidad, era con fines recreativos y de una planificación meticulosa y segura. A pesar de tratar de desalentarme en lo que el entendía como “una locura”, no tardé en entender por qué mi padre dijo lo que dijo. Ya había expresado desapruebo cuando anuncié mi interés por cumplir un programa de intercambio en Argentina hace dos años. La respuesta era sencilla: Su hija no partía hacia los Estados Unidos.

No lo culpo. Al igual que tantas personas de su generación, creció con la noción que dentro de todos los posibles destinos de viaje en el mundo, la mayoría eran opacados por ciudades en el norte. El sur, sobre todo, era del inframundo, algo inimaginable. Quizás fue la cobertura noticiosa de América Latina en los medios estadounidenses durante las décadas de los setenta y ochenta (como un continente homogéneo, regido por el narco estado y la hambruna) o quizás fue su experiencia creciendo en un hogar cuyos padres, en tiempos de las vacas gordas, acumulaban un modesto monto para llevar a sus cuatro hijos a Nueva York o Florida para visitar familiares. Sea cual fuese la razón, nunca comprendió en su totalidad las razones de mi aprehensión hacia viajar a los Estados Unidos y mi ímpetu por cruzar el charco en cualquier dirección. La realidad es que a la mayoría de las personas que decidimos lanzarnos hacia destinos los cuales nuestros familiares desconocen o simplemente con los cuales están desfamiliarizados, preguntas y comentarios como: “¿Por qué vas para allá?”, “Ese lugar es peligroso.” y “¿Qué hay que hacer allá?”, no tardan en suscitar en el discurso, que más que una herramienta inquisitiva se torna una fiscalizadora y de intimidación.

En mi caso, los mitos sobre las ciudades en América Latina son diversos, elaborados y dramáticos. Además de auto limitarse de una rica experiencia cultural, atribuirle a un país unas características que no son representativas del mismo (a pesar que en alguna época lo fueron), minimiza los esfuerzos que han invertido muchos gobiernos latinoamericanos por revertir una opinión nociva y engañosa que se lleva arrastrando por décadas. Las declaraciones de mi padre me demostraron que, efectivamente, debo aumentar el compromiso de desmitificar las ideas que cargan tantas personas y, como un parásito, se impregnan involuntariamente en mi subconsciente forzándome a reevaluar mis planes y mi propósito central que últimamente es: conocer y aprender.

Estados Unidos tiene ciudades maravillosas, que me han cautivado y que espero con ansias volver a visitar. Sin embargo, viviendo una época en la cual viajar nunca había sido tan accesible, ante la disyuntiva de visitar un continente nuevo vis a vis regresar a la misma ciudad todos los años, siempre trataré de adquirir nuevas experiencias que me aterren y enamoren a la vez. Optaré por recorrer ciudades que me desconcierten, incomoden y me obliguen a conocer el poder de la exposición y la valentía. Sola o acompañada, no puedo aspirar a menos.