Por: María de Lourdes Vaello

A veces, hay quienes dicen que Ciudad de México, o el D. F. como la llaman los chilangos, les arrebata el aire del pecho. No solo por la altura, pues la metrópolis se ubica a 2,250 metros sobre el nivel del mar, pero por sus impresionantes edificaciones en las cuales convergen varios siglos de historia. Desde su Templo Mayor, estructura azteca perteneciente al siglo XIII, y la Catedral Metropolitana, cuyas influencias barrocas y renacentistas se irguen majestuosamente en el Zócalo o la plaza principal de la urbe, la ciudad les regala a sus visitantes un recorrido arquitectónico inolvidable.

A su vez, para los aficionados del arte y los musófilos, el D. F. ofrece alrededor de doscientos museos con diferentes enfoques temáticos. Entre los más frecuentados se encuentran el Museo Nacional de Antropología, el cual desparramado en el núcleo del Bosque de Chapultepec, cubre cerca de 70 mil metros cuadrados. El objetivo detrás de su construcción era rendir homenaje a las culturas indígenas mesoamericanas que habitaron el país por siglos previo la llegada de los españoles al continente. Entre sus paredes, se pueden disfrutar manuscritos originales del Popol Vuh, el calendario maya original y una imitación acertada del Penacho de Moctezuma. Por lo que, el museo es un deleite para quienes arriban a la Ciudad con ansias de aprender más sobre las ricas culturas prehispánicas entre las cuales se destacan la maya y la azteca.

Otra de las atracciones turísticas más laureadas internacionalmente,  es el Museo Nacional de Historia ubicado en el Castillo de Chapultepec. Originalmente un castillo militar, a la ex residencia del General Porfirio Díaz le circunda una vista panorámica de toda la megalópolis y en sus paredes cuelgan obras de importantes pintores del folclor mexicano como David Alfaro Siqueiros y Juan O’Gorman. Finalmente, adjunto a la Catedral Metropolitana, se ubica el Palacio Nacional, monumento que sirvió como residencia oficial del Presidente de la República Mexicana. No obstante, al palacio, lejos de servir como una promoción política, se le conoce por los famosos murales de Diego Rivera que engalanan las escaleras principales y gran porción del cuadrángulo central. El artista, autor del Festival de las Flores y decenas de retratos, comenzó la decoración de las oficinas presidenciales en el 1929 y culminó su gesta en el 1951. No obstante, los visitantes no solo pisan el Palacio por sus murales, pues a veces llegan para presenciar este patrimonio emblemático de la Guerra de Independencia del 1810.

La rica y diversa historia de la ciudad no opaca su pulsante vida nocturna que por décadas se ha moldeado para apelar a turistas y locales de diversos gustos y preferencias. A lo ancho de la ciudad se localizan varios bares, cantinas y clubes o “antros” desplazados por el perímetro que suenan desde música electrónica hasta rock. Adicionalmente, cientos de pulquerías diversifican la vida noctámbula de Ciudad de México, caracterizadas por la bebida “pulque” fermentada de la savia del Maguey.

En fin, la Ciudad de México luce su inagotable talento en todo lo que hace: en el arte callejero que cada día vibra y resuena entre la juventud mexicana, en el coqueto mariachi que entona su canción en la Plaza Garibaldi, y en la nobleza de su gente, la cual lo entrega todo para enamorarte los suficiente para que quieras volver… Y siempre funciona.