Lonely Planet dice que estar en Barcelona es como “pasearse por un sueño” y no es esta una expresión hiperbólica de quien cumple con unos parámetros estilísticos, sino una descripción textual certera de lo que provoca caminar las calles de la capital de Cataluña. Descubrir los recovecos de La Rambla y adentrarse en la arquitectura mítica, casi de fábula, dispersa por toda la urbe, plantará un afán y un impulso desenfrenado por conocer más. La ciudad, como menos, es coqueta, con ínfulas de eclecticismo radical. Pues, gracias al afamado arquitecto, Antoni Gaudí, El Templo Expiatori de La Sagrada Familia, el Parque Güell, el Palau Güell, La Pedrera y la Casa Batlló, decoran el perímetro de la ciudad con sus fachadas atípicas y de imponencia inusual.

La arquitectura no es el único motivo para darse el placer de visitar esta ciudad, pues la urbe cuenta con la ventaja geográfica de estar situada en las orillas del Mar Mediterráneo. Por lo que, pasearse por el litoral absorbiendo el calor del sol y dejarse acariciar por la brisa que aterriza con las olas, es razón suficiente para volver. Para la ciudad que vio nacer el modernismo y vio pasar algunos catalanes de gran renombre como Salvador Dalí y Joan Miró, la modernidad y antigüedad conviven en eterna simbiosis. Pues, la rusticidad de algunas áreas de la ciudad y el aura gótico contrasta con la rica y variada oferta cultural para todas las personas que gustan de una viva experiencia noctámbula. En Barcelona se pueden disfrutar desde los bares de cava, las robustas discotecas, salas de conciertos bohemios, e innumerables cantidades de tabernas y bares de todo tipo.

Finalmente, la ciudad figura ser una plétora de ofrecimientos culturales, pues cuenta con algunos de los museos de mayor importancia en el mundo como, el Museu Picasso, Museu Nacional d’Art de Catalunya y el Museu d’História de Barcelona. Solo basta tomar el práctico y accesible metro a solo 2 euros el tramo, andar en bus o recurrir a los pies para que descubran el camino por sí mismos.