Cuando se lanzó para Chile, Awilda Rodríguez Lora siempre creyó que las mujeres al viajar “nunca estamos solas” pues, según la performera, a pesar de sucumbir a la misma pesadez a la cual incurren las mujeres al decidir viajar sola, siempre tuvo la ventaja de contar con varias amistades que la recibían del otro lado de la pista de aterrizaje con un entusiasmo y carisma envidiable. Según la puertorriqueña, Facebook le ha facilitado la conexión con una infinidad de amigos que le han facilitado el traslado en el gran repertorio de ciudades que ha tenido la gran dicha de visitar.  A pesar que la sanjuanera experimentó las mismas inseguridades que viven muchas mujeres al momento de abordar un vuelo, admite que ha tenido la dicha de sentirse cómoda con la actitud que asumió ante cada percance.

“Hasta en momentos que no sabía ni cómo tomarme una foto yo misma, una japonesa se me acercó una vez y me preguntó por ayuda y le dije que por supuesto”, estableció la viajera quien admite haber vivido momentos aterradores y maravillosos en el país suramericano. El objetivo de su viaje giraba en torno de propósitos artísticos, pues, iniciaba su traslado con ansias de consolidar su carrera artística en otro entorno. “No había nadie en la playa y un pescador se me acerca y aunque no pensé mucho al respecto en el momento, me olvidé del asunto, y justo cuando iba a empezar mis movimientos de calentamiento, la energía se sentía a destiempo y esto no se sentía bien” entabló la artista quien, gracias a su intuición, presintió un malestar que le provocó empacar sus pertenencias y largarse.

Para Awilda, ser mujer, representa ciertas vulnerabilidades que alertan a muchas mujeres y que las avispan en momentos de tomar decisiones en el exterior. Aunque ella no fue la excepción, sí reconoce que su experiencia fue distinta debido al hecho que, de antemano, trabajaba y vivía sola. “Yo llegué a Chile, y me enamoré veinte veces y ‘performié’ en todas partes durante cinco semanas”, comentó la aventurera, la cual llegó a una residencia libre de costo en Valparaíso gracias a una iniciativa que empezó para colaborar con el evento debido  al cariño que sintió por el proyecto desde un principio.

La artista de más de quince años de experiencia, admite que existen ciertas diferencias entre quienes asumen un rol performático reacio y quienes se adentran en un ambiente que les brinda una oportunidad de aprendizaje y entendimiento. Afortunadamente, para ella, el “ser caribeña te proporciona con un tipo de carisma y atención que te hace receptiva a ciertos detalles de sentimientos”. Debido a los consejos de su padrastro chileno, el sonreír pudiera interpretarse como un acto de subversión, aspecto que le frenó las gesticulaciones características del Caribe por un tiempo, hasta que se acopló a su ambiente. Sin embargo, por su naturaleza de actriz en un país cuya reputación de vanguardia y progresividad le caracteriza, ejecutó una presentación al nudo en varias localidades.

La arquitectura del espacio determina su arquitectura de cuerpo según impone la actriz, pues, el espacio público influye en la seguridad  que asume al momento de actuar. La sensación la experimentó en un viaje de performance que ejecutó en un viaje a la República Dominicana donde, a pesar de disponerse al nudo con un ramillete de flores en el cabello, combatió con los mismos prejuicios que se encuentra en Puerto Rico y que cohíben su desempeño artístico.

Su carrera comenzó como bailarina, en Nueva York, ciudad donde descubrió su cometido. Sin embargo, al regresar a Puerto Rico, descubrió  que el país caribeño le limitaba su carrera, oportunidad que la catapultó a la escena artística en Chicago donde se  figuró como performera y consolidó su profesión que la llevaría a otros países en América del Sur.

La artista lleva seis años en Puerto Rico, donde admite tener sus días buenos y malos debido a que al vivir en el Caribe le resulta complejo vivir de su profesión. Por eso viaja y trabaja desde el exterior, pues, reconoce que para alguien que hace performance y que cuenta con la misma audiencia, no hay potencial de crecimiento sobre todo cuando uno se dedica a las artes efímeras tales como las que ejecuta la actriz. “No puedo estar en la isla doce meses al año porque padezco de una claustrofobia insular”, explica la artista. “Tenemos que entender el privilegio que tenemos al tener un pasaporte americano, aspecto que muchas personas de América Latina no poseen”, abundó debido al hecho que creció artísticamente, en gran parte por las oportunidades que se le ofrecieron en Estados Unidos.

Sobre viajar,  Awilda cree que, dentro del espacio de riesgo, hay un espacio de conocimiento  interno que nada más se lo va dar. Tras exponerse a personas, a culturas y su propio ser dentro de un entorno desconocido, entiende que la ha convertido en mejor persona. La performera sugiere que, según su experiencia de aprendizaje, a pesar de cuantas veces uno se coloque una mochila sobre la espalda y una transite el planeta con aires de despreocupación, debe imperar una actitud minimalista. La liviandad es necesaria para recorrer diferentes países y la incita a moldearse a las circunstancias que las ciudades le posibilitan. Finalmente, puntualizó que, “Cuando estás sola no te queda otra que ser extrovertida al máximo. Tienes que permitirte varias conversaciones que normalmente no cumplirías con otras personas. Todo se puede cuando viajas sola, claro, la intuición es bien importante porque es poderosa y la necesitamos también aquí en Puerto Rico en nuestro diario vivir”.