La enseñanza ha llevado a Amanda Cruz a abordar vuelos transcontinentales, pues bajo el pretexto de viajar con fines pedagógico, la joven de 26 años cruzó el globo hacia la ciudad de Bali en Indonesia y más adelante a Río de Janeiro en Brasil. La naturaleza de las aventuras antepuestas trascendieron las clases de inglés que ofreció en escuelas y favelas respectivamente, ya que la viajera y estudiante de maestría, vio en esos traslados una oportunidad de enriquecimiento personal y espiritual. La experiencia holística que obtuvo en ambos lugares además de arrojar perspectiva cultural sobre un entorno ajeno, la obligó a fusionarse y adentrarse del todo en ciertas idiosincrasias de una manera participativa. Amanda, opto por alejarse del comportamiento turístico de índole pasajera y el resultado comprobó ser como indicó: “más de lo que yo esperaba”.

“Quería tener esa experiencia, lo que siempre estamos buscando, encontrarse a uno mismo. Yo tomé esos viajes como todos los demás, como una experiencia sagrada. Para mí el momento donde me despego de todo y vuelvo a lo que para mí son mis raíces, lo que yo creo que es mejor para mí, lo que estoy buscando como ser humano, cómo ser mejor persona, sacar ese espacio, dedicarme tiempo y sacar el tiempo de mi rutina diaria es como reencontrarme de cierta manera”, abundó la estudiante de consejería psicológica.

Amanda ya había tenido la experiencia de viajar sola. En su tercer año de universidad se lanzó rumbo a Europa occidental por su cuenta con una mochila sobre la espalda y dos semanas para sucumbir al ocio del traslado. Motivada por la adrenalina de la espontaneidad, recorrió alguna de las ciudades más visitadas del continente como Madrid, Barcelona, París y Ámsterdam. La experiencia sirvió como pie forzado para dirigirse al Pacífico años después donde permaneció por un mes.

Sobre Bali, la joven comentó que se fue sin “ninguna expectativa; eso lo que yo le digo a la gente cuando viaja. Que vayan con ninguna expectativa sino con una mente súper abierta a encontrarse diferentes personas, diferentes culturas, diferentes maneras de pensar… que sean parte de esa experiencia y eso fue lo que yo hice”. Amanda recorrió innumerables templos budistas en el país, navegó por las incontables pequeñas islas circundantes, festejó y finalmente celebró la vida y las oportunidades que la habían conducido a aquel espacio.

Al compás de su propio tambor, Amanda no tardó en alistar sus maletas y a tan solo un año de su retorno de Asia, se compró un pasaje en dirección a Río de Janeiro, ciudad que conoció por cinco semanas. La joven, quien conocía el idioma de antemano, pues el estudio del portugués compuso una parte integral de su experiencia académica, ofreció clases de inglés en una favela.

“Quería obligarme a estar en un lugar donde yo tenía que practicar el portugués. Busqué un lugar donde yo pudiera integrarme a la comunidad”, mencionó. Sin embargo, la comunidad cautivó a la viajera a pesar de admitir la intensidad desgarradora que caracteriza la urbe suramericana. “Una de las ventajas de saber el idioma de donde estás en un país extranjero es que tienes la oportunidad de ver a color y no en blanco y negro. Tienes la oportunidad de sentarte hablar con gente que te explica lo que está pasando. Esto es lo que está pasando en el país políticamente. Estos son los problemas que estamos teniendo, etc.”, detalló.

Debido a su trasfondo académico en la disciplina de la psicología, sus experiencias sirvieron para que en varias instancias se le atribuyera el rol de facilitadora y orientadora a varios niños de las comunidades quienes, según narró, era una generación altamente sexualizada y de poco o ningún rastro infantil. Además, debido al entorno y el ambiente de crianza, Amanda destacó que los niños vivían sumamente familiarizados con las drogas y la prostitución por lo que por el periodo de duración de su estadía, la joven trabajó asiduamente con temas de semejante índole.

Finalmente, Amanda, a pesar que reconoció que el viajar crea perspectivas de las condiciones que viven diferentes personas alrededor del mundo, entiende que el viajar es mucho más que andar de paso ligero para cumplir con una lista de atracciones a ver. El viajar puede tornarse en una experiencia mucho más profunda si quien viaja se lo permite. “Me el gusta ambiente diferente, enajenado al mío, exponerme a otro idioma, otros olores, me fascina hacer eso”, confesó. Amanda, a su vez, recomendó que para disfrutar a plenitud de cualquier experiencia en el exterior “es bien importante tener malicia y no tener ninguna expectativa del viaje. Hay que disfrutar todo y sacarle provecho a lo más mínimo”, puntualizó.

 

Por: María de Lourdes Vaello