Ninotchka “Nino” Daly Gandulla lidera la barra Vino de La Factoría, en Viejo San Juan. Desde allí sirve tragos, vela por sus clientes, da consejos. Conoce su barra. Aun en el bullicio de la noche, escucha cada una de las palabras que allí se pronuncian. Luego de cierta hora, pierde su voz, pero nunca el oído. Ese, lo tiene bien afinado.

En una industria en la que abundan más los rostros masculinos que los femeninos, la mayoría de sus empleados siempre han sido hombres.

“Somos como una familia. Es como si fuéramos hermanos”, asegura quien viaja a ritmo cotidiano para conocer “otras tendencias, otros sabores, otras presentaciones de coctel”, mientras le apuesta a la diversificación de género en su industria.

“(Las mujeres) Tenemos la misma capacidad. El mismo conocimiento. Los hombres se están dando cuenta de que somos alguien bien importante y aportamos mucho a la comunidad, pero es fuerte. A veces, hay que tener un caparazón muy fuerte”, afirma la joven de 28 años, quien el pasado junio representó a Puerto Rico en la competencia Absolut Invite: Team Edition, en Suecia.

Fue la única mujer de las Américas en participar.

Daly Gandulla auto gestiona sus viajes. Toma adiestramientos, certificaciones. En Kentucky, asistió a un campamento especializado en whisky. En Nueva Orleans, participó de “Tales of the Cocktail”, la mayor convención de bartending en Estados Unidos. En Portland, quedó inmersa en el estudio de distintas barras.

“Si por lo menos tres o cuatro veces al año no viajo siento que me falta algo. Me siento como deprimida. (Viajar) Es una musa que me ayuda y me motiva a aprender otras cosas. A probar otras cosas”, comparte.

De Nueva Orleans, recuerda la salsa de cocodrilo, las muchas tiendas de cigarros, el jerez. De Nueva York, la iluminación tenue de las barras. De Kentucky, el siempre presente olor a borbón, el aire con sabor a madera, a destilería.

“Si respirabas muy rápido sentías que te estabas dando un shot”, recuenta con voz hecha sonrisa.

De México, el ruido, el bullicio. Lo seco. “Todo era como escondido”, dice, quien el próximo año, quizá, trabaje durante tres meses en suelo mexicano. Recibió una invitación. La considera.

De México también rememora con cariño el diseño de la ciudad capital, su gente, su comida, su clima. Narra cómo lavaba su boca con botellas de agua para evitar cualquier enfermedad. No se enfermó.

Presenció muchas protestas. Las recuerda. Una más que otras. En una ocasión, o tal vez en una cotidianidad, la cantidad de guardias de la fuerza de choque que vio la abrumó. Se sintió nerviosa. Telefoneó a sus amigos mexicanos, los mismos nunca le aconsejaron utilizar el tren urbano. Allá siempre se movilizó con Uber, o con sus pies. Y es que, en DF, en las horas pico del día las mujeres son forzadas a viajar en la parte delantera del tren. En los vagones de al frente, las féminas y los niños. En los de atrás, los hombres.

Por seguridad, dicen.

En el tintero le queda explorar más a Latinoamérica, visitar viñedos en Italia, recorrer Europa, continuar rutas de viajera.

Para esta mujer de arrojo cada viaje relacionado con su empleo cuenta como uno de placer. Igual viceversa. Vive en un constante flujo de ideas que trasciende cualquier nulo intento de clasificación. De la vocación nunca se vacaciona.

Cuando hace nueve años hizo falta una bartender y “Nino” se animó, agarró un libro, tomó seminarios y buscó más información, no pensó que en atender -y sobre todo entender- barras, encontraría su profesión, pero le sucedió. Ser bartender, dice, no es tan solo es su oficio, sino además su estilo de vida. Sus horarios nocturnos un poco y mucho dictan las relaciones que lleva. No obstante, en algunos años, se vislumbra ocupando otras posiciones de empleo.

“No es algo que voy a hacer para siempre. A los 40 años no quiero estar detrás de la barra. Me visualizo siendo una educadora para alguna barra, dueña de alguna barra. Ser embajadora de alguna barra y educar al mundo. Viajar, y todas esas experiencias traerlas aquí”, finaliza. O comienza.

Por Alejandra Rosa

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